Recuerdo que cuando
era pequeña mi mamá escuchaba sagradamente a Pablito Aguilera de la Radio
Pudahuel. En aquél excelente programa mañanero crearon una sección donde las
mujeres llamaban daban sus consejos naturales y contaban si les había
funcionado o no.
Yo no sé si habré sido
la única, espero y asumo que no, pero gracias a esa natural área del programa,
me convertí en el conejillo de indias de mi madre.
Un día antes de irme
al colegio, sacó un tomate, lo partió por la mitad y me dijo: “lávate el
estómago bien que te pondré jugo de tomate en tus bellitos porque donde Pablito
Aguilera una señora contó que si te aplico eso y te pones al sol los bellitos
feos se caerán solos”. Y bueno, como buena hija me quedé en el patio de la casa
por horas esperando a ver si aquél pelito se iba a levantar para salir
corriendo.
Tenía alrededor de 13
años, era obvio que eran de mi pubertad y que por ende eran de eso delgados y
negros, pero que en definitiva como niña que era no me molestaban tanto para
someterme a tan extraño experimento.
Si esto les suena
extraño, les invito a preguntarles a sus madres, abuelas o tías sobre este tipo
de remedios caseros que por lo general son tan viejos y efectivos como el papel
de diario caliente con mentolatum en el pecho, para soltar las flemas que le
ponían a uno cuando estaba resfriada.
Aunque ojo, si no
entiende este natural consejo, créame que estamos en otra sintonía y deberá
preguntárselo a nuestro súper amigo que lo sabe todo Google o simplemente a su
abuelita. Y mientras tanto yo, por única vez, permitiré que pienses que soy una
vieja.
En fin, son tantos los
experimentos de plantas naturales y cosas por el estilo que siempre nos generan
esa curiosidad que no queda nada más que probarlos y más aún cuando sin dolor y
ni atragantándose con una pildorita.
Muchos de esos
remedios han perdurado y vienen de antaño, es decir, pasó de mi abuela a mi
mamá, de ésta a mi hermana y después ella me lo recomendará a mí o a su hija, cuando
le suceda algo donde aquél remedio sea imprescindible.
Uno de los remedios
naturales que siempre me han llamado muchísimo la atención es la hoja de
repollo que se le pone a las mujeres cuando se les estanca la leche en sus
senos y no pueden amamantar. Definitivamente lo encuentro fabuloso, sobre todo
porque tuve un encuentro muy cercano con él.
Mi hermana de los
puros nervios se le apretó la leche cuando recién había sido madre, sus pechos le
dolía enormemente, tanto, que mi cuñado llamó a mi mamá para saber que podían
hacer. Mi mamá con 3 hijas a su haber y con 4 hermanas todas con hijos, mandó a
este hombre a comprar un repollo muy grande, con hojas lo más grandes posibles
y que lo pusiera en el congelador mientras ella iba para allá.
Cuando mi madre llegó tomó
el repollo helado y le saco dos hojas. Mi cuñado no aguantaba la curiosidad, ósea,
qué tiene que ver un repollo con el problema que su señora tiene con la leche…
¡Nada! Parecía una idea un tanto descabellada. Hasta que le aplicaron el
remedio en uno de sus pechos por un rato hasta que las hojas se pusieron
calientes y fueron reemplazadas cada cierto tiempo por otras nuevas y heladas
que disminuían la fiebre del seno.
Después de un tiempo
esperando que el dolor desapareciera, la leche comenzó a bajar nuevamente como
por arte de magia y mi sobrina por fin se pudo alimentar sin problemas.
Pero lo más divertido
de todo es que hasta los médicos especializados en el tema lo recetan, porque
sus abuelas lo hacían y saben que funciona efectivamente, las hojas de col
sirven por lo general para amenizar supuestamente los estados febriles de
distintas áreas del cuerpo
Ahora, no sé si
después de eso el bebé se habrá hinchado como sucede después de comer la ensalada,
pero creo que ese ya es otro cuento.
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